31.1.26

Dos palomas opinando mientras observan


¡¡Qué nido tan increíble, tan fabuloso!!

Todos añoramos lo que no tenemos, incluso a veces añoramos lo imposible. Pero de la ilusión también se vive. Y de la comparación.

Nota.: La viñeta es de la revista The New Yorker


30.1.26

Ken Stern y la longevidad con calidad


Voy hablar de longevidad, y me traigo para ello palabras de Ken Stern que es un autor, pensador y promotor de la investigación sobre la longevidad y el envejecimiento activo. Es ampliamente conocido como fundador y presidente de The Longevity Project (El Proyecto de Longevidad), una iniciativa que busca generar conversación, investigación y acción social sobre las implicaciones de vivir más años en la sociedad contemporánea. Gran parte de estas líneas que vienes son del diario La Vanguardia,

Tiene una trayectoria profesional sólida en medios y liderazgo, y ha pasado de dirigir grandes organizaciones de comunicación a centrarse en el estudio del envejecimiento desde una perspectiva social y cultural.

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Su idea principal es que no son las dietas o el ejercicio físico (ambos importantes) los factores más determinantes para vivir más tiempo y mejor, sino las relaciones sociales profundas, comunidad e involucración significativa en la vida cotidiana.

Sus enfoques sobre estos temas combinan evidencia científicas con experiencias humanas y contextos culturales diversos, lo que lo convierte en un referente accesible para públicos amplios, interesados en la longevidad como fenómeno social, no solo como un tema médico.

Ha visitado varios países con altas expectativas de vida —Japón, Corea del Sur, Singapur, Italia y España— para estudiar prácticas y entornos que favorecen el envejecimiento saludable. Visitó hace poco tiempo la provincia de Ourense buscando los motivos de por qué tiene una proporción notable de centenarios con buena calidad de vida, incorporando estas observaciones en sus trabajos.

Veamos algunas frases de este pensador:

El verdadero riesgo no es envejecer, sino hacerlo desconectados, invisibles y sin propósito.

¿Qué haces con 20 años extra de vida si te jubilas a los 65? ¿Cómo encuentras propósito, ingresos o comunidad cuando el guion clásico —estudiar, trabajar, retirarte— deja de funcionar?

La verdadera cuestión no es vivir más, sino cómo reorganizamos la vida para que esos años extra tengan salud, sentido y equidad. Ahí entendí que la longevidad es un reto social, no solo médico.

Porque la buena salud empieza fuera de la consulta del médico. La atención sanitaria importa, pero pesan mucho más el entorno en el que vivimos, las relaciones sociales y cómo organizamos nuestra vida. La longevidad no se decide solo en hospitales, sino en la vida cotidiana, y por eso es también una cuestión social y política.

Seguimos creyendo que a partir de los 65 toca apartarse, cuando en realidad muchas personas tienen por delante décadas de vida activa y con sentido. Ese enfoque daña el propósito, la autoestima y también la salud, y no es solo un problema individual, sino social.

Fallamos en tres cosas clave: seguimos creyendo que la segunda mitad de la vida vale menos, mantenemos reglas obsoletas sobre estudio, trabajo y jubilación, e infravaloramos el papel del propósito y la conexión social en la salud.

Acertamos al hablar de nutrición o ejercicio, pero dejamos fuera lo esencial: cómo vivimos, cómo nos relacionamos y si tenemos razones para levantarnos cada día.

En sociedades cada vez más envejecidas no podemos depender del coche ni de recorrer largas distancias. Las ciudades que acercan servicios y facilitan la vida cotidiana, como Barcelona, van en la buena dirección. En países como Estados Unidos el reto es mayor, porque muchas comunidades se diseñaron para ir lejos y rápido. Eso obliga a repensar el urbanismo, el transporte y la infraestructura social para adaptarlos a una población mucho más mayor.

El lugar donde vivimos influye en cuánto y cómo vivimos. Estudiamos comunidades pobres que vivían más de lo esperado y viajamos a Presidio County, uno de los condados más pobres de Texas. No había hospitales cercanos ni fórmulas milagro, pero sí familias multigeneracionales, vecinos que se cuidaban y una vida comunitaria muy fuerte. Ahí entendí que la conexión social no es un complemento: es un pilar real de la longevidad.

Quienes envejecen mejor no viven anclados en el pasado, sino orientados al presente y al futuro. Suelen tener un propósito hoy y curiosidad por lo que viene.

Seguimos entendiendo la salud casi solo desde la medicina y nos cuesta ver cómo la soledad también enferma.

Las comunidades funcionan mejor cuando ofrecen oportunidades reales para aprender, participar y sentirse útil a cualquier edad, y cuando no separan generaciones, sino que las hacen convivir en viviendas, escuelas o espacios comunes. Esa conexión es “salud social”.

Hay un culto casi universal a la juventud: las personas mayores apenas aparecen en los medios de comunicación y, cuando lo hacen, suele ser asociadas al declive. Y eso no es inocente. La narrativa social influye en cómo nos vemos y en cómo envejecemos.

Sabemos mucho sobre los problemas de la vejez y, a veces, sobre casos excepcionales, pero casi no vemos a personas corrientes que siguen aportando, creando y participando después de los 60 o 70. Esas vidas cotidianas muestran el verdadero valor y son las menos visibles.

Durante más de un siglo hemos vivido con un modelo rígido de tres etapas: estudiar, trabajar y retirarse, creado hace 150 años y tratado como una ley natural. Ya no tiene sentido dejar de aprender a los 20 ni pensar el trabajo como un bloque cerrado hasta los 65.

Necesitamos formación continua, pausas, reinvención y trayectorias más flexibles. El modelo antiguo se está rompiendo; ahora toca diseñar el nuevo, porque, aunque hemos ganado 30 años de vida, pero seguimos viviendo como si fuéramos a morir a los 70.

En sociedades más longevas, repensar cómo nos relacionamos y participamos no solo mejora la salud individual, también fortalece el tejido democrático.

Quiero vivir rodeado de amigos y familia, dónde y con quién vivimos importa más de lo que creemos. No quiero acabar en un lugar lleno de desconocidos, sino cerca de las personas a las que quiero.

Veo a muchos amigos retirarse sin saber qué hacer después. Yo espero que mi longevidad consista en empezar nuevas etapas, no en ir cerrándolas. El verdadero riesgo no es envejecer, es hacerlo desconectados, sin propósito, invisibles. Eso mata más rápido que cualquier enfermedad.

En Europa he visto culturas que respetan a las personas mayores y reconocen su papel en la comunidad. Entienden la longevidad no como un problema, sino como una etapa con valor propio, es una aportación esencial para aprender a vivir vidas más largas… y más plenas.