De cara al año 2050, y sobre la Europa Unida nos caben múltiples dudas y preguntas: ¿Qué papel tendrá Europa? ¿Hacia dónde camina la actual Europa que duda? ¿Podrá ser Europa un espacio político y social influyente en ese 2050, e incluso independiente de las tensiones entre Asia y América?
Europa no será probablemente la potencia dominante del mundo en este siglo XXI, pero por nuestra posición estratégica tampoco estamos condenada a la irrelevancia. Europa puede convertirse en un tercer polo económico, político y social con capacidad para decidir por sí mismo. Sin embargo, eso no ocurrirá de manera automática.
Dependerá de que la Unión Europea deje de comportarse como una suma de Estados que cooperan ocasionalmente y empiece a actuar como una verdadera potencia política. Es decir: Depende de que Europa crea en Europa.
Y pasa sobre todo porque los propios europeos sepamos, asumamos, la importancia que tendrá de cara al futuro esta decisión, que curiosamente es también personal. Europa será lo que queramos los europeos ser, con independencia de las manipulaciones muy interesadas que nos hagan desde fuera, para que dejemos de ser libres y unidos. El modelo europeo no gusta a todos los demás países y sociedades capitalistas, aunque Europa sea también capitalista.
A veces escuchamos la idea de una Europa está próxima a desaparecer del escenario mundial, y eso, incluso con la connivencia de los torpes europeos, es totalmente exagerada.
Y pasa sobre todo porque los propios europeos sepamos, asumamos, la importancia que tendrá de cara al futuro esta decisión, que curiosamente es también personal. Europa será lo que queramos los europeos ser, con independencia de las manipulaciones muy interesadas que nos hagan desde fuera, para que dejemos de ser libres y unidos. El modelo europeo no gusta a todos los demás países y sociedades capitalistas, aunque Europa sea también capitalista.
A veces escuchamos la idea de una Europa está próxima a desaparecer del escenario mundial, y eso, incluso con la connivencia de los torpes europeos, es totalmente exagerada.
La Unión Europea genera actualmente alrededor del 17 % del PIB mundial, es el mayor bloque comercial y el principal socio comercial de unos 80 países y dispone de un mercado de aproximadamente 450 millones de consumidores propios, de europeos unidos alrededor de una idea de Unión Europea. Son 100 millones más de habitantes que los EEUU para hacernos una idea de nuestro actual tamaño.
Además, el euro sigue siendo la segunda moneda internacional, con cerca del 20 % de las reservas y usos monetarios mundiales. Su fortaleza es innegable y no tiene sentido nada que no sea crecer en importancia por diversos motivos económicos al menos, es decir, por puro egoísmo.
Lo lógico en 2026 es pensar que, si tiene más autonomía estratégica europea, si Europa avanza en defensa, energía, tecnología e integración fiscal, el euro ganará peso internacional.
Además, el euro sigue siendo la segunda moneda internacional, con cerca del 20 % de las reservas y usos monetarios mundiales. Su fortaleza es innegable y no tiene sentido nada que no sea crecer en importancia por diversos motivos económicos al menos, es decir, por puro egoísmo.
Lo lógico en 2026 es pensar que, si tiene más autonomía estratégica europea, si Europa avanza en defensa, energía, tecnología e integración fiscal, el euro ganará peso internacional.
Si EE. UU. acumula más deuda, más polarización o más dudas sobre su estabilidad, parte del mundo puede buscar más diversificación monetaria, tanto en el euro como en el yuan. El euro puede consolidarse como segunda gran moneda de referencia en pagos, reservas y mercados o estar a la par de importancia entre esas tres grandes monedas (dólar, euro y yuan) si sabe defender sus espacios comerciales y productivos.
Europa seguirá teniendo ventajas difíciles de reproducir en otras zonas del planeta, con una población formada y relativamente próspera, unas infraestructuras muy desarrolladas en comparación con casi todo el mundo actual, unos sistemas científicos, sanitarios y educativos sólidos y abiertos, una importante industria farmacéutica, de investigación, aeronáutica, energética, química y de maquinaria, y una buena capacidad regulatoria sobre empresas mundiales, además de una estabilidad jurídica, y un modelo social que continúa siendo atractivo para buena parte del mundo, que desean venir a Europa a vivir.
Europa no será una superpotencia clásica comparable militarmente con Estados Unidos o China. Pero puede ser una potencia civil, comercial, monetaria, tecnológica selectiva, y diplomática con una Justicia más justa y unos Servicios Públicos envidiables.
¿Qué será más importante de cara el 2050, tener una gran capacidad de defensa y ataque militar con unos modelos en profundo cambio, o ser un territorio anhelado por muchos millones de ciudadanos del mundo, como destino?
El problema central de Europa desde el punto de vista del actual 2026 no es la falta de riqueza, sino la dificultad para convertirla en poder, en ser respetada por los EEUU y China.
Europa dispone de alrededor diez billones de euros de ahorro en manos de los hogares, pero gran parte permanece en depósitos congelados o acaba financiando empresas y mercados exteriores. Esta es una gran debilidad sobre la que hay que explorar su reversión, su cambio, pues no tiene sentido práctico de cara al futuro de Europa.
El informe Draghi calculó que la transformación tecnológica, energética y defensiva europea exigiría entre 750.000 y 800.000 millones de euros adicionales de inversión anual. El continente europeo tiene capital, lo que le falta es una estructura suficientemente integrada para movilizarlo. Es dinero de Europa, de los europeos, y que utilizan los enemigos de Europa para medrar contra Europa en aspectos como el comercial, tecnológico o militar.
La Unión es fuerte cuando negocia como bloque —comercio, competencia, protección de datos, regulación industrial— y débil cuando cada Estado mantiene su propia política energética, militar, exterior, fiscal o tecnológica. Y ese concepto tan complejo de cambiar, es la gran debilidad. Ni Alemania, Francia, Italia o España son nada suficientes, si negocian por libre, se mueven de manera poco coordinada.
¿Seguirá Europa siendo en el año 2050 un gran mercado administrado por 27 gobiernos o se convertirá en un sujeto político capaz de tomar decisiones comunes?
Durante las últimas décadas, la economía europea ha crecido más lentamente que la estadounidense. La Unión Europea conserva excelentes universidades, investigadores e industrias, pero tiene grandes dificultades para transformar el conocimiento en empresas tecnológicas de dimensión mundial. Nos han adelantado claramente desde Asia, nos quiere zancadillear desde los EEUU. Nos damos cuenta de eso. Pero no somos capaces de revertir esa realidad.
Según el diagnóstico de Draghi, solamente cuatro de las cincuenta mayores empresas tecnológicas mundiales son europeas. La Unión recibe aproximadamente el 5 % del capital riesgo mundial, frente al 52 % de Estados Unidos y el 40 % de China. En financiación privada para empresas de inteligencia artificial, Europa recibe alrededor del 6 %. Números horrorosos que nos deberían hacer reflexionar sobre nuestras debilidades.
Europa regula con bastante eficacia las nuevas tecnologías, pero no siempre consigue producirlas. Si esta situación continúa, en 2050 podría mantener una elevada calidad de vida, pero depender totalmente de plataformas digitales estadounidenses, semiconductores y cadenas industriales asiáticas, minerales críticos controlados o procesados por China, aunque sea africanos y están muy cerca de Europa, servicios de nube estadounidenses, tecnologías militares exteriores que vendrán desde Israel, los EEUU o quien decida darnos permiso de los EEUU para comprarlos.
El propio informe Draghi calcula que la Unión depende de países extranjeros para más del 80 % de sus productos, servicios, infraestructuras y propiedad intelectual digitales.
Europa seguirá teniendo ventajas difíciles de reproducir en otras zonas del planeta, con una población formada y relativamente próspera, unas infraestructuras muy desarrolladas en comparación con casi todo el mundo actual, unos sistemas científicos, sanitarios y educativos sólidos y abiertos, una importante industria farmacéutica, de investigación, aeronáutica, energética, química y de maquinaria, y una buena capacidad regulatoria sobre empresas mundiales, además de una estabilidad jurídica, y un modelo social que continúa siendo atractivo para buena parte del mundo, que desean venir a Europa a vivir.
Europa no será una superpotencia clásica comparable militarmente con Estados Unidos o China. Pero puede ser una potencia civil, comercial, monetaria, tecnológica selectiva, y diplomática con una Justicia más justa y unos Servicios Públicos envidiables.
¿Qué será más importante de cara el 2050, tener una gran capacidad de defensa y ataque militar con unos modelos en profundo cambio, o ser un territorio anhelado por muchos millones de ciudadanos del mundo, como destino?
El problema central de Europa desde el punto de vista del actual 2026 no es la falta de riqueza, sino la dificultad para convertirla en poder, en ser respetada por los EEUU y China.
Europa dispone de alrededor diez billones de euros de ahorro en manos de los hogares, pero gran parte permanece en depósitos congelados o acaba financiando empresas y mercados exteriores. Esta es una gran debilidad sobre la que hay que explorar su reversión, su cambio, pues no tiene sentido práctico de cara al futuro de Europa.
El informe Draghi calculó que la transformación tecnológica, energética y defensiva europea exigiría entre 750.000 y 800.000 millones de euros adicionales de inversión anual. El continente europeo tiene capital, lo que le falta es una estructura suficientemente integrada para movilizarlo. Es dinero de Europa, de los europeos, y que utilizan los enemigos de Europa para medrar contra Europa en aspectos como el comercial, tecnológico o militar.
La Unión es fuerte cuando negocia como bloque —comercio, competencia, protección de datos, regulación industrial— y débil cuando cada Estado mantiene su propia política energética, militar, exterior, fiscal o tecnológica. Y ese concepto tan complejo de cambiar, es la gran debilidad. Ni Alemania, Francia, Italia o España son nada suficientes, si negocian por libre, se mueven de manera poco coordinada.
¿Seguirá Europa siendo en el año 2050 un gran mercado administrado por 27 gobiernos o se convertirá en un sujeto político capaz de tomar decisiones comunes?
Durante las últimas décadas, la economía europea ha crecido más lentamente que la estadounidense. La Unión Europea conserva excelentes universidades, investigadores e industrias, pero tiene grandes dificultades para transformar el conocimiento en empresas tecnológicas de dimensión mundial. Nos han adelantado claramente desde Asia, nos quiere zancadillear desde los EEUU. Nos damos cuenta de eso. Pero no somos capaces de revertir esa realidad.
Según el diagnóstico de Draghi, solamente cuatro de las cincuenta mayores empresas tecnológicas mundiales son europeas. La Unión recibe aproximadamente el 5 % del capital riesgo mundial, frente al 52 % de Estados Unidos y el 40 % de China. En financiación privada para empresas de inteligencia artificial, Europa recibe alrededor del 6 %. Números horrorosos que nos deberían hacer reflexionar sobre nuestras debilidades.
Europa regula con bastante eficacia las nuevas tecnologías, pero no siempre consigue producirlas. Si esta situación continúa, en 2050 podría mantener una elevada calidad de vida, pero depender totalmente de plataformas digitales estadounidenses, semiconductores y cadenas industriales asiáticas, minerales críticos controlados o procesados por China, aunque sea africanos y están muy cerca de Europa, servicios de nube estadounidenses, tecnologías militares exteriores que vendrán desde Israel, los EEUU o quien decida darnos permiso de los EEUU para comprarlos.
El propio informe Draghi calcula que la Unión depende de países extranjeros para más del 80 % de sus productos, servicios, infraestructuras y propiedad intelectual digitales.
Es decir, de los productos del futuro. Los enemigos de Europa no quieren pelear contra la Unión Europea del año 2026, prefieren ahogarnos de cara a nuestro desarrollo tecnológico del 2050. No significa que Europa deba fabricar absolutamente todo. Significa que debe ser capaz de conservar suficientes capacidades propias en los sectores que condicionan nuestra libertad política. Y tiene sectores propios con los que negociar desde la fuerza.
Las últimas proyecciones de Eurostat calculan que la población de la Unión Europea, sin contar futuras ampliaciones, pasaría de unos 452 millones de habitantes en 2025 a aproximadamente 445 millones en 2050. El problema principal no será esa moderada reducción, sino el envejecimiento y la disminución relativa de la población trabajadora. En comparación China tiene hoy unos 1.400 millones de habitantes y en ese mismo periodo crecerá hasta los 1.300 millones. También disminuirá, pero el efecto similar será positivo para China y negativo para Europa, excepto que las migraciones altas efectúen correcciones en esos datos.
Esta bajada de habitantes en Europa, su envejecimiento, sobre todo, ejercerá presión sobre las pensiones, la sanidad, los cuidados de larga duración, a su vez sobre la recaudación fiscal, la disponibilidad de trabajadores preparados para casa décadas, la innovación y el emprendimiento.
Europa tendrá que combinar varias respuestas. Una mayor productividad, la creciente automatización de sus trabajos industriales en empresas medianas, la prolongación razonable de ciertas vidas laborales por el efecto de la falta de mano de obra en ciertos oficios o servicios, una todavía mejor incorporación de las mujeres y de los jóvenes al empleo, unas políticas familiares y una inmigración que sea ordenada e integrada en todos sus aspectos, incluido el de la formación.
La inmigración será necesaria, pero por sí sola no resolverá el envejecimiento. Si no hay vivienda, educación, empleo, integración cultural y aceptación social, puede generar tensiones en lugar de rejuvenecer eficazmente la economía. Y en este tema el trabajo social y de formación es imprescindible y además urgente. Los nuevos habitantes de Europa deben integrarse ahora, hoy, no dentro de cinco o diez años, cuando ya haya creado problemas serios el tejido enfermo de millones de personas pululando sin factores positivos, por las calles de la Unión Europea.
Europa puede seguir siendo en 2050 uno de los mejores lugares del mundo para vivir. Su influencia no procederá solamente de sus fábricas o de sus ejércitos, sino de demostrar que es posible combinar la prosperidad, las libertades individuales y nuestra capacidad de crecimiento e innovación, disponer de una sanidad y educación públicas universales y una alta protección laboral, sepamos diseñar una transición ecológica, y el poder mantener esa cohesión social junto a la democracia y al Estado de derecho.
Ese modelo es una forma de poder. Pero no puede sostenerse únicamente mediante deuda, impuestos crecientes o recuerdos del crecimiento pasado. Necesita una economía productiva capaz de financiarlo. El diagnóstico europeo actual reconoce precisamente que la pérdida de competitividad acabaría obligando a elegir entre bienestar, protección ambiental y libertad política. Todo es imposible, si no somos capaces de entender el momento actual. Si esperamos a 2050, ya será tarde.
También existe un riesgo interno. Que el envejecimiento, la inseguridad económica, las migraciones mal gestionadas y las diferencias entre territorios europeos alimenten nacionalismos defensivos y movimientos autoritarios. Una Europa socialmente fracturada tendría muy poca autonomía exterior. No sirve de nada creer en Aragón, Cataluña y España, si no somos capaces de comprender la tremenda importancia de Europa en todos los asuntos que tengan que ver con Aragón, Cataluña y España.
Europa ha empezado a aumentar rápidamente su gasto militar. Y esto no se está sabiendo explicar bien en el 2026. No se trata de aumentar las inversiones o los gastos en Defensa, sino en saber diseñar el qué y el para qué, y sobre todo saber explicarlo a los ciudadanos. Los aliados europeos de la OTAN y Canadá invirtieron conjuntamente más de 574.000 millones de dólares en 2025, alrededor del 2,3 % de su PIB agregado, y han asumido compromisos de gasto considerablemente mayores para la próxima década.
Pero gastar más no equivale automáticamente a disponer de una defensa europea. Si persisten solo ejércitos nacionales fragmentados, unos sistemas de armamento incompatibles entre todos ellos, unas compras realizadas fuera de Europa y una duplicación de estructuras, con una insuficiencia de munición, defensa aérea irregular, sin transporte estratégico, satélites e inteligencia, seguiremos teniendo una clara dependencia estadounidense en mando, logística y disuasión nuclear. Y eso es un gran error europeo.
Las últimas proyecciones de Eurostat calculan que la población de la Unión Europea, sin contar futuras ampliaciones, pasaría de unos 452 millones de habitantes en 2025 a aproximadamente 445 millones en 2050. El problema principal no será esa moderada reducción, sino el envejecimiento y la disminución relativa de la población trabajadora. En comparación China tiene hoy unos 1.400 millones de habitantes y en ese mismo periodo crecerá hasta los 1.300 millones. También disminuirá, pero el efecto similar será positivo para China y negativo para Europa, excepto que las migraciones altas efectúen correcciones en esos datos.
Esta bajada de habitantes en Europa, su envejecimiento, sobre todo, ejercerá presión sobre las pensiones, la sanidad, los cuidados de larga duración, a su vez sobre la recaudación fiscal, la disponibilidad de trabajadores preparados para casa décadas, la innovación y el emprendimiento.
Europa tendrá que combinar varias respuestas. Una mayor productividad, la creciente automatización de sus trabajos industriales en empresas medianas, la prolongación razonable de ciertas vidas laborales por el efecto de la falta de mano de obra en ciertos oficios o servicios, una todavía mejor incorporación de las mujeres y de los jóvenes al empleo, unas políticas familiares y una inmigración que sea ordenada e integrada en todos sus aspectos, incluido el de la formación.
La inmigración será necesaria, pero por sí sola no resolverá el envejecimiento. Si no hay vivienda, educación, empleo, integración cultural y aceptación social, puede generar tensiones en lugar de rejuvenecer eficazmente la economía. Y en este tema el trabajo social y de formación es imprescindible y además urgente. Los nuevos habitantes de Europa deben integrarse ahora, hoy, no dentro de cinco o diez años, cuando ya haya creado problemas serios el tejido enfermo de millones de personas pululando sin factores positivos, por las calles de la Unión Europea.
Europa puede seguir siendo en 2050 uno de los mejores lugares del mundo para vivir. Su influencia no procederá solamente de sus fábricas o de sus ejércitos, sino de demostrar que es posible combinar la prosperidad, las libertades individuales y nuestra capacidad de crecimiento e innovación, disponer de una sanidad y educación públicas universales y una alta protección laboral, sepamos diseñar una transición ecológica, y el poder mantener esa cohesión social junto a la democracia y al Estado de derecho.
Ese modelo es una forma de poder. Pero no puede sostenerse únicamente mediante deuda, impuestos crecientes o recuerdos del crecimiento pasado. Necesita una economía productiva capaz de financiarlo. El diagnóstico europeo actual reconoce precisamente que la pérdida de competitividad acabaría obligando a elegir entre bienestar, protección ambiental y libertad política. Todo es imposible, si no somos capaces de entender el momento actual. Si esperamos a 2050, ya será tarde.
También existe un riesgo interno. Que el envejecimiento, la inseguridad económica, las migraciones mal gestionadas y las diferencias entre territorios europeos alimenten nacionalismos defensivos y movimientos autoritarios. Una Europa socialmente fracturada tendría muy poca autonomía exterior. No sirve de nada creer en Aragón, Cataluña y España, si no somos capaces de comprender la tremenda importancia de Europa en todos los asuntos que tengan que ver con Aragón, Cataluña y España.
Europa ha empezado a aumentar rápidamente su gasto militar. Y esto no se está sabiendo explicar bien en el 2026. No se trata de aumentar las inversiones o los gastos en Defensa, sino en saber diseñar el qué y el para qué, y sobre todo saber explicarlo a los ciudadanos. Los aliados europeos de la OTAN y Canadá invirtieron conjuntamente más de 574.000 millones de dólares en 2025, alrededor del 2,3 % de su PIB agregado, y han asumido compromisos de gasto considerablemente mayores para la próxima década.
Pero gastar más no equivale automáticamente a disponer de una defensa europea. Si persisten solo ejércitos nacionales fragmentados, unos sistemas de armamento incompatibles entre todos ellos, unas compras realizadas fuera de Europa y una duplicación de estructuras, con una insuficiencia de munición, defensa aérea irregular, sin transporte estratégico, satélites e inteligencia, seguiremos teniendo una clara dependencia estadounidense en mando, logística y disuasión nuclear. Y eso es un gran error europeo.
Si los EEUU quieren una OTAN muy diferente, con menos presencia de ellos y más gasto de Europa, hay que preguntarse si no será mucho mejor tener un similar a la OTAN, pero solamente europea.
La Comisión reconoce que la preparación defensiva europea se debilitó durante décadas de falta de inversión y ha planteado una capacidad mucho mayor para 2030. La urgencia en este tema, también nos afecta a todos, en un mundo muy bélico en esta década tercera del siglo XXI.
Es lógico pensar que en 2050 Europa seguirá siendo una fuerte aliada con Estados Unidos mediante la OTAN, pero deberá disponer de un pilar europeo autónomo dentro de esa alianza. Autonomía no significa enfrentarse a Estados Unidos, sino poder defenderse y actuar cuando Washington no quiera, no pueda o ella misma tenga sus prioridades concentradas en el Pacífico y no en toda la Europa.
Una Europa completamente emancipada militarmente de Estados Unidos es poco probable. Una Europa capaz de no obedecer automáticamente todas las decisiones estadounidenses sí es posible. Una Europa con su capacidad de defensa propia, es necesaria. Pero Europa no podrá mantenerse al margen del conflicto entre Estados Unidos y China.
Ninguna gran región del mundo podrá ser neutral en sentido absoluto. Estados Unidos seguirá siendo probablemente el principal aliado militar y uno de los mayores mercados de Europa. China seguirá siendo una potencia industrial esencial y Asia concentrará buena parte de la producción tecnológica, las cadenas de suministro y el crecimiento mundial.
La respuesta europea más inteligente de cara a nuestro futuro como europeos no será elegir una equidistancia artificial, sino practicar una autonomía selectiva con una alianza de seguridad con Estados Unidos, sin subordinación permanente, un comercio con China sin dependencias críticas en ciertas materias que son de seguridad, ampliar la colaboración tecnológica con Japón, Corea del Sur, India y otros países asiáticos.
La Comisión reconoce que la preparación defensiva europea se debilitó durante décadas de falta de inversión y ha planteado una capacidad mucho mayor para 2030. La urgencia en este tema, también nos afecta a todos, en un mundo muy bélico en esta década tercera del siglo XXI.
Es lógico pensar que en 2050 Europa seguirá siendo una fuerte aliada con Estados Unidos mediante la OTAN, pero deberá disponer de un pilar europeo autónomo dentro de esa alianza. Autonomía no significa enfrentarse a Estados Unidos, sino poder defenderse y actuar cuando Washington no quiera, no pueda o ella misma tenga sus prioridades concentradas en el Pacífico y no en toda la Europa.
Una Europa completamente emancipada militarmente de Estados Unidos es poco probable. Una Europa capaz de no obedecer automáticamente todas las decisiones estadounidenses sí es posible. Una Europa con su capacidad de defensa propia, es necesaria. Pero Europa no podrá mantenerse al margen del conflicto entre Estados Unidos y China.
Ninguna gran región del mundo podrá ser neutral en sentido absoluto. Estados Unidos seguirá siendo probablemente el principal aliado militar y uno de los mayores mercados de Europa. China seguirá siendo una potencia industrial esencial y Asia concentrará buena parte de la producción tecnológica, las cadenas de suministro y el crecimiento mundial.
La respuesta europea más inteligente de cara a nuestro futuro como europeos no será elegir una equidistancia artificial, sino practicar una autonomía selectiva con una alianza de seguridad con Estados Unidos, sin subordinación permanente, un comercio con China sin dependencias críticas en ciertas materias que son de seguridad, ampliar la colaboración tecnológica con Japón, Corea del Sur, India y otros países asiáticos.
Unas relaciones más profundas con África y América Latina en donde Francia y España deben realizar un papel fundamental de mediación, crecer en diversificación de materias primas, energía y mercados y tener una defensa propia de sus leyes, industrias e intereses.
Además, “Asia” no es un bloque único. China, India, Japón, Corea, Indonesia y los países del sudeste asiático tienen intereses diferentes. Europa tendrá margen para construir alianzas variables y evitar que toda la política mundial quede reducida a Washington contra Pekín. Los BRICS van a cumplir un papel en crecimiento, aunque ahora sus debilidades sean muchas.
La entrada futura de Ucrania, Moldavia y algunos países balcánicos en la Unión Europea podría ampliar el territorio, la población, los recursos agrícolas, la profundidad estratégica y el peso político de la Unión y nuestra moneda. La Comisión considera la ampliación un instrumento de seguridad, estabilidad y prosperidad a largo plazo. Pero una Unión de más de treinta miembros no podrá funcionar adecuadamente con procedimientos diseñados para seis o doce países. El informe Draghi advierte que el proceso legislativo europeo tarda actualmente una media de diecinueve meses y que existen numerosos actores con capacidad de veto.
Eso debe cambiarse, y tal vez la salida sea diseñar una nueva Unión Europea con dos pesos distintos entre los diferentes y ya muy numerosos países. Sin reformas institucionales, la ampliación podría producir una Europa más grande pero más paralizada.
Además, “Asia” no es un bloque único. China, India, Japón, Corea, Indonesia y los países del sudeste asiático tienen intereses diferentes. Europa tendrá margen para construir alianzas variables y evitar que toda la política mundial quede reducida a Washington contra Pekín. Los BRICS van a cumplir un papel en crecimiento, aunque ahora sus debilidades sean muchas.
La entrada futura de Ucrania, Moldavia y algunos países balcánicos en la Unión Europea podría ampliar el territorio, la población, los recursos agrícolas, la profundidad estratégica y el peso político de la Unión y nuestra moneda. La Comisión considera la ampliación un instrumento de seguridad, estabilidad y prosperidad a largo plazo. Pero una Unión de más de treinta miembros no podrá funcionar adecuadamente con procedimientos diseñados para seis o doce países. El informe Draghi advierte que el proceso legislativo europeo tarda actualmente una media de diecinueve meses y que existen numerosos actores con capacidad de veto.
Eso debe cambiarse, y tal vez la salida sea diseñar una nueva Unión Europea con dos pesos distintos entre los diferentes y ya muy numerosos países. Sin reformas institucionales, la ampliación podría producir una Europa más grande pero más paralizada.
Serán necesarias algunas transformaciones que vayan en la dirección de tener más decisiones por mayoría cualificada y no absoluta, con un mayor presupuesto común y una financiación conjunta para defensa, energía y tecnología, una política exterior y militar más unificada, y una Europa de diferentes velocidades, en la que los países dispuestos a integrarse más puedan hacerlo. Abierta, pero no con los mismos derechos. Y aquí caben hasta tres opciones diferentes de una Europa Unida de cara a su futuro más seguro.
Una Europa potencia clara y unida
Integra sus mercados financieros, invierte en tecnología, dispone de una defensa común suficiente, completa su sistema energético, gestiona la inmigración, reforma sus instituciones y mantiene su modelo social. No dominaría el mundo, pero sería uno de sus tres o cuatro centros decisivos. Estados Unidos y China tendrían que negociar con ella, no simplemente presionarla.
Una Europa rica, pero dependiente de otras zonas del Planeta
Seguiría ofreciendo una elevada calidad de vida y un gran mercado, pero compraría su seguridad a Estados Unidos, su tecnología digital a empresas estadounidenses y una parte sustancial de sus productos industriales y materias primas a Asia. Tendría influencia regulatoria y comercial, pero poca capacidad para sostener una posición política cuando esta contradijera los intereses de sus proveedores o protectores. Este me parece actualmente el escenario más probable si las reformas no avanzan con una cierta contundencia y seguimos pensando que tenemos que depender mucho de los EEUU.
Una Europa fragmentada
Los Estados que forman la actual Unión Europea recuperarían competencias propias, aumentarían las diferencias económicas y políticas, se debilitaría el mercado común y proliferarían acuerdos bilaterales con Washington, Pekín o Moscú, que cada país negociaría en debilidad para atendiendo a su propia personalidad. Europa seguiría siendo rica en algunas zonas, pero dejaría de tener influencia colectiva. Sería el escenario del retroceso puede que lento pero imparable, un continente con un pasado enorme y una capacidad limitada para decidir su futuro.
Europa sí puede ser en 2050 un espacio político y social influyente. Tiene riqueza, población, instituciones, tecnología, ahorro, industria, cultura y una moneda internacional suficientes para ello. Pero probablemente no será independiente en el sentido de vivir separada de América y Asia. Ninguna potencia moderna lo es. La verdadera independencia consiste en poder elegir las propias dependencias, diversificarlas y evitar que cualquiera de ellas se transforme en obediencia política.
La Europa más probable para el año 2050 no será un imperio ni una superpotencia militar. Será, en el mejor caso, una gran potencia de equilibrio, una aliada de Estados Unidos, vinculada económicamente con Asia, más capaz de defenderse, fuerte en regulación, comercio, energía limpia, ciencia y protección social. Su principal enemigo no será China, Estados Unidos o Rusia. Será su propia lentitud para actuar conjuntamente. El principal enemigo de Europa es Europa.
El escenario más plausible de esa Europa del futuro no es ni una caída libre ni una subida espectacular, sino una fortaleza intermedia con episodios de apreciación y de debilidad, mientras el euro sigue siendo una gran moneda de referencia, pero no la moneda hegemónica global. El Yuan está pegando fuerte en esa pelea comercial bastante escondida.
Una Europa potencia clara y unida
Integra sus mercados financieros, invierte en tecnología, dispone de una defensa común suficiente, completa su sistema energético, gestiona la inmigración, reforma sus instituciones y mantiene su modelo social. No dominaría el mundo, pero sería uno de sus tres o cuatro centros decisivos. Estados Unidos y China tendrían que negociar con ella, no simplemente presionarla.
Una Europa rica, pero dependiente de otras zonas del Planeta
Seguiría ofreciendo una elevada calidad de vida y un gran mercado, pero compraría su seguridad a Estados Unidos, su tecnología digital a empresas estadounidenses y una parte sustancial de sus productos industriales y materias primas a Asia. Tendría influencia regulatoria y comercial, pero poca capacidad para sostener una posición política cuando esta contradijera los intereses de sus proveedores o protectores. Este me parece actualmente el escenario más probable si las reformas no avanzan con una cierta contundencia y seguimos pensando que tenemos que depender mucho de los EEUU.
Una Europa fragmentada
Los Estados que forman la actual Unión Europea recuperarían competencias propias, aumentarían las diferencias económicas y políticas, se debilitaría el mercado común y proliferarían acuerdos bilaterales con Washington, Pekín o Moscú, que cada país negociaría en debilidad para atendiendo a su propia personalidad. Europa seguiría siendo rica en algunas zonas, pero dejaría de tener influencia colectiva. Sería el escenario del retroceso puede que lento pero imparable, un continente con un pasado enorme y una capacidad limitada para decidir su futuro.
La Europa más probable para el año 2050 no será un imperio ni una superpotencia militar. Será, en el mejor caso, una gran potencia de equilibrio, una aliada de Estados Unidos, vinculada económicamente con Asia, más capaz de defenderse, fuerte en regulación, comercio, energía limpia, ciencia y protección social. Su principal enemigo no será China, Estados Unidos o Rusia. Será su propia lentitud para actuar conjuntamente. El principal enemigo de Europa es Europa.
El escenario más plausible de esa Europa del futuro no es ni una caída libre ni una subida espectacular, sino una fortaleza intermedia con episodios de apreciación y de debilidad, mientras el euro sigue siendo una gran moneda de referencia, pero no la moneda hegemónica global. El Yuan está pegando fuerte en esa pelea comercial bastante escondida.
En otras palabras: La Unión Europea seguirá siendo importante, pero su posición dependerá de si Europa hace más profunda su integración y su capacidad de crecimiento con la inteligencia política y social de cara al futuro.
Julio Puente

