A veces me da la sensación de que el Sistema Democrático (incluso en los países occidentales) está levemente agotado, y me entran dudas sobre el modelo que será necesario para ese año 2050 teórico, si las Democracias no logran adaptarse a estos nuevos tiempos. ¿Qué futuro se espera a la Democracia en las próximas décadas? ¿Qué cambios o adaptaciones se necesitarían para afianzarla como modelo social y político? ¿Habrá en el año 2050 más Democracia, o tendremos menos? ¿Se ampliarán los países que puedan gozar de ese sistema político?
No sé si las democracias más formales estarán a su vez más fatigadas. Tampoco si las democracias europeas seguirán existiendo, o si serán con menos participación real para poder sobrevivir, al aumentar mucho la desafección, lo que hará que haya un voto más reactivo.
A su vez da la sensación en este 2026, que asistiremos a un crecimiento de los populismos, de los autoritarismos suaves que, sin dejar de ser llamados democracias, se parezcan cada vez más a una dictadura del poder, y por ello no sé tampoco si tendremos una nostalgia identitaria o simplemente nos adaptaremos al sistema nuevo, menos participativo y seguro. No caerán los sistemas, pero se erosionará la confianza.
La democracia no parece agotada como ideal político y social, pero sí está mostrando fatiga en su funcionamiento cotidiano y somos muchos los que la detectamos. Aumentan los ciudadanos que siguen prefiriendo vivir con elecciones libres, derechos y límites al poder, pero desconfían de los partidos, perciben que las instituciones reaccionan con lentitud y dudan de que el sistema pueda resolver problemas como la vivienda, la desigualdad, la inmigración, la inseguridad, el cambio climático o la transformación tecnológica.
En los países de la OCDE, el 44 % de los encuestados declara poca o ninguna confianza en su Gobierno nacional, frente al 39 % que manifiesta una confianza alta o moderada. La confianza en los partidos políticos es todavía menor: aproximadamente un 24 %. Esto no demuestra que la población quiera una dictadura, pero sí revela una pérdida importante de legitimidad y eficacia percibida sobre lo que ya tienen.
La situación actual no es tranquilizadora. Los indicadores internacionales coinciden en que estamos atravesando una etapa de retroceso y que la situación de la Democracia no es tranquilizadora si no somos capaces de hacer algo. Sean cambios, afianzamiento, modificaciones, mejoras o replanteamiento del modelo, del Sistema.
Freedom House considera que la libertad mundial disminuyó en 2025 por vigésimo año consecutivo: 54 países empeoraron y 35 mejoraron. Solamente el 21 % de la población mundial vive actualmente en países calificados como libres, frente al 46 % de hace veinte años.
V-Dem estima que casi una cuarta parte de los países en el mundo está atravesando procesos de autocratización. La libertad de expresión, el Estado de derecho y los controles sobre el poder ejecutivo son los ámbitos más atacados. No obstante, identifica también 18 países en proceso de democratización, de mejora.
International IDEA concluye que, entre 2019 y 2024, el 54 % de los países analizados retrocedió en al menos un aspecto democrático, mientras que el 32 % progresó. La representación política alcanzó su peor nivel global desde 2001 y la libertad de prensa empeoró en 43 países. Por tanto, el problema no es imaginario. La democracia liberal atraviesa una fase defensiva, incluso dentro de Occidente. Y los datos de lo que llevamos de siglo XXI no son fáciles de asimilar.
No creo que esté muriendo la democracia, no parece la descripción más exacta. Lo que está agotándose es una determinada forma de democracia desarrollada durante el siglo XX: partidos muy jerarquizados, participación ciudadana limitada casi exclusivamente a votar cada cuatro años, instituciones lentas, información controlada por unos pocos medios controlados por diversos modelos de presión y decisiones políticas tomadas lejos de los ciudadanos.
Ese modelo funcionaba en sociedades más estables, con menor velocidad informativa y con Estados nacionales que controlaban buena parte de la economía y de la comunicación. Hoy esa Democracia debe gobernar sociedades digitales, envejecidas, culturalmente fragmentadas y sometidas a crisis que atraviesan las fronteras.
La Democracia conserva, sin embargo, una resistencia considerable. De los 87 países considerados libres en 2005, 76 continuaban siéndolo veinte años después. Más del 85 % de las democracias consolidadas resistió, pese a dos décadas de retroceso mundial. Sabemos que no es perfecta, pero es lo mejor que de momento sabemos darnos.
¿Hasta cuándo aguantaremos viendo un retroceso, pero sin ser capaces de encontrar modificaciones válidas? La democracia, por tanto, no es invulnerable, pero tampoco es un sistema destinado inevitablemente a desaparecer.
No existe una proyección científica fiable capaz de decir cuántas democracias habrá exactamente en 2050. Cualquier cifra concreta sería especulativa. Sí pueden plantearse tendencias razonables. Ni tampoco el tamaño real de esa democracia extendida y que se vende como el mejor Modelo. Hay tendencia como ya he señalado hacia democracias de forma pero no de fondo.
Aproximadamente hasta 2035 yo considero más probable que continúe el deterioro de la democracia de calidad, más que una gran expansión democrática. Veremos más gobiernos elegidos en las urnas que después debilitarán tribunales, parlamentos, medios de comunicación y organismos electorales.
La forma habitual del autoritarismo futuro no será necesariamente una dictadura militar clásica, sino una democracia vaciada desde dentro, con elecciones, pero sin verdadera igualdad de oportunidades para la oposición. Con unas libertades controladas y con un desmantelamiento de ciertos logros anteriores. Se puede aparentar ser democrático, pero desmontar los avances realmente democráticos, con decisiones poco democráticas.
Hacia 2050 la democracia seguirá siendo el principal modelo de legitimidad política, pero convivirá con un número creciente de regímenes híbridos: sistemas que celebrarán elecciones, aunque concentrarán el poder, manipularán la información y limitarán progresivamente los derechos.
Es posible que el número nominal de países con elecciones aumente, pero eso no significará necesariamente que haya más democracia real. La cuestión decisiva será cuántos conservan prensa libre de verdad, justicia independiente del poder político, alternancia efectiva y sin ponerse a llorar sangre y límites al Ejecutivo autocrático.
Sí es fácil adivinar democracias más tensas, polarizadas y sometidas a frecuentes crisis institucionales. Algunas perderán calidad; otras reaccionarán y se reformarán. La capacidad de rectificación constituye precisamente una de las ventajas del sistema democrático. Pero para eso la alternancia debe ser efectiva y real, elegida por los ciudadanos.
Es fácil limitar realmente el poder de las democracias. Las elecciones no bastan. Hacen falta tribunales independientes, organismos electorales profesionales, parlamentos capaces de fiscalizar al Gobierno, administraciones no partidistas y autoridades anticorrupción protegidas frente a las represalias. Libertad de opinión, y formación social para que los ciudadanos no se dejen manipular con facilidad.
Los estudios recientes muestran que las democracias que mejor resisten antes los dictadores disfrazados o no, son aquellas que conservan controles legislativos y judiciales efectivos y organismos electorales autónomos y fiables.
Una democracia que no proporciona vivienda accesible, seguridad jurídica, servicios públicos razonables y oportunidades para los jóvenes, pierde legitimidad, aunque celebre elecciones impecables. Realmente está condenada a su puesta en entredicho por incapacidad.
El ciudadano no mide el sistema solamente por sus principios. También lo mide por sus resultados. Si los gobiernos democráticos parecen permanentemente bloqueados mientras los autoritarios proyectan rapidez y decisión, una parte de la población termina aceptando restricciones a cambio de una supuesta eficacia.
Tampoco se trata de convertir la democracia en una tecnocracia, sino de lograr instituciones que decidan con mayor rapidez sin eliminar los controles. Hay que ser eficaces, entender los problemas de la sociedad y saber tomar decisiones que sirvan y sean posibles. Y nunca engañar.
La democracia que se mueva en eficacia hacia el año 2050 deberá combinar la representación parlamentaria con otros mecanismos de participación. Se necesitan más asambleas ciudadanas seleccionadas por modelos que aseguren la participación de muchas personas que nunca participan. A veces se habla de presupuestos participativos y siendo una buena idea, las veces que se ha intentado (por ejemplo en el Ayuntamiento de Zaragoza con ZEC) resultó ser un modelo muy fácilmente manipulable. No nos tiene que dar miedo crear modelos de consultas locales para iniciativas legislativas ciudadanas o para decisiones de las administraciones. Y sobre todo hay que construir modelos de evaluación ciudadana de determinadas políticas, que no sea nunca manipulables y que sirvan para detectar problemas y para informar luego a la sociedad de esos datos. Las encuestas, los estudios, si no son entregados a los ciudadanos, y ellos confían en que son limpios y sin cocinar, no sirve de nada.
Estos modelos de consultas ciudadana no deberían sustituir nunca al Parlamento ni a los Ayuntamientos, ni convertir cada decisión en un referéndum a tener en cuenta. Deben servir para incorporar conocimiento social, reducir la distancia con las instituciones y tratar asuntos a largo plazo que los partidos políticos suelen evitar. Nunca debe dar miedo preguntar, si se sabe preguntar y se saben utilizar y repartir las respuestas. Aunque siempre se corra el riesgo de que esas respuestas no gusten.
Los partidos políticos son indispensables para la democracia, pero en muchos países funcionan como organizaciones muy cerradas, profesionalizadas en sus zonas de la organización que toma las decisiones y dependientes casi en su totalidad de sus propias cúpulas, aunque estas hayan sido elegidas democráticamente. Necesitan mayor transparencia financiera, democracia y comunicación interna, selección más abierta de candidatos e incluso de lo que podríamos llamar "mandos intermedios" y controles estrictos sobre los conflictos de intereses internos.
También habrá que impedir que la política se convierta exclusivamente en una profesión para personas que nunca han trabajado fuera de ella. La desconexión entre representantes y representados alimenta el populismo. No tiene sentido que los que representen a los ciudadanos desde los partidos políticos, casi nunca hayan estado expuestos a los problemas laborales de la propia sociedad.
La democracia presupone que el ciudadano pueda distinguir razonablemente entre hechos, propaganda y falsificaciones. La inteligencia artificial permitirá fabricar imágenes, vídeos, voces y campañas políticas personalizadas a una escala desconocida. Y eso hay que tenerlo muy en cuanta de cara al futuro. Todos, pues la manipulación desde la IA no va a conocer ideologías.
La solución no puede consistir en crear ministerios que determinen qué es verdad y qué es Bulo. Eso sería peligroso por sentido común. Se necesitarán sistemas de identificación del contenido artificial, transparencia de los algoritmos, registros públicos de publicidad política, responsabilidad de las plataformas, protección del periodismo independiente y educación crítica desde la escuela. Y sobre todo, capacidad de la sociedad en saber y poder elegir de qué modelos de comunicación se fían, qué quieren leer o ver, y qué saben de antemano que no son de fiar.
La libertad de expresión y la libertad de prensa son precisamente los derechos que más han retrocedido durante la actual ola de autocratización. En España, pero en otros países también.
La inteligencia artificial puede mejorar la administración, detectar corrupción y facilitar la participación. También puede convertirse en la mayor herramienta de vigilancia y manipulación política conocida. Eso depende de qué forma la queremos utilizar. No existe una única IA, por eso hay que enfrentar modelos que quieran jugar a engañarnos, contra modelos que seamos capaces de crear para detectar manipulaciones.
Las decisiones públicas tomadas mediante algoritmos deberán ser explicables, auditables y recurribles ante una persona y un tribunal. NUNCA una máquina debe tomar decisiones. Las responsabilidades de cada decisión SIEMPRE deben caer en personas claramente identificables. Los Estados no deberían poder utilizar reconocimiento facial, perfiles ideológicos o puntuaciones automatizadas de ciudadanos, sin límites legales extraordinariamente estrictos.
La gran división política de 2050 podría no ser únicamente entre izquierda y derecha, sino entre sociedades donde la tecnología está sometida al derecho y sociedades donde se pueda utilizar la tecnología con muy pocos controles para vigilar a la población. O para empaquetarla y poder sacar sus beneficios de esas divisiones estructuradas por máquinas.
No es necesario para defender la democracia, que todos los ciudadanos posean la misma riqueza, pero una democracia pierde su sentido cuando una minoría puede comprar influencia, controlar medios, financiar campañas o acceder directamente a los gobernantes. La desigualdad de cualquier tipo es peligrosa, pero no hay que caminar desaforadamente hacia la igualdad total. Es un absurdo. Pero hay problemas de desigualdad, que son inasumibles en una sociedad democrática y válida de cara a su futuro. La desigualdad económica extrema acaba produciendo desigualdad política.
Será necesario reforzar la transparencia sobre financiación electoral, grupos de presión, adjudicaciones públicas, propiedades empresariales y patrimonios ocultos, lobbies ocultos o no, puertas giratorias, participación mayor en sindicatos, partidos y asociaciones.
Durante décadas se ha supuesto que la democracia se transmite automáticamente, que no es posible verla morir, que no está herida sino si acaso, algo cansada. No es así. Cada generación debe aprender por qué existen la separación de poderes, la presunción de inocencia, la libertad de expresión y los derechos de las minorías. Y que a veces, los modelos aunque sean buenos o precisamente por ser buenos, desaparecen y son reemplazados por otros peores.
La educación democrática no debe consistir en adoctrinar sobre qué partido votar, sino en enseñar a discutir con pruebas, aceptar una derrota electoral, reconocer la legitimidad del adversario y comprender que una mayoría no puede hacer cualquier cosa. Las personas que ejercen su derecho a votar, a elegir, deben saber sobre qué opciones tienen que elegir. No deberían dejarse llevar por lo que escuchan, sean del tipo que sean sus informaciones, sino por sus propias decisiones, libres y formadas. Su responsabilidad como votantes es mucho más alta qua la de simplemente poner un papel en una urna.
Es verdad que las democratizaciones nuevas o el crecimiento de estas, suelen producirse por oleadas, generalmente después de crisis económicas, derrotas militares, cambios generacionales o divisiones internas en los regímenes autoritarios. Países hoy cerrados pueden transformarse antes de 2050 en sociedad democráticas, del mismo modo que pocos habrían previsto en 1970 la democratización posterior de España, Portugal, Europa oriental o buena parte de América Latina.
Sin embargo, los autoritarismos actuales disponen de herramientas más poderosas que los del siglo XX. Sabe trabajara muy bien con la vigilancia digital, control algorítmico, manipulación masiva de las redes, cooperación entre regímenes y tecnologías capaces de identificar rápidamente a los disidentes. Al mismo tiempo, las aspiraciones democráticas continúan apareciendo incluso en sociedades muy reprimidas. Los autócratas saben perfectamente hasta qué punto es permisibles para sus intereses permitir ciertas disidencias.
África y Asia ofrecen el mayor margen numérico para una futura expansión democrática, pero también concentran importantes riesgos de golpes de Estado, conflictos, instituciones frágiles y presión autoritaria. América Latina probablemente seguirá alternando avances y retrocesos. Europa occidental conservará mayoritariamente el sistema democrático, aunque no necesariamente con la misma calidad en todos los países.
En 2050 no habrá necesariamente «más democracia» ni «menos democracia» en un sentido simple. Lo más probable es un mundo dividido pero con democracias renovadas, más participativas y tecnológicamente controladas, algunas democracias debilitadas que conservarán las elecciones, pero perderán contrapesos, un autoritarismo tecnológicamente sofisticado y a su vez para ser algo positivos, nuevos países que conseguirán abrirse y democratizarse.
No basta con defender la democracia mediante discursos morales. Tendrá que demostrar esa democracia que quiere ser válida y mantenerse, que puede gobernar, proteger derechos, controlar la tecnología, limitar a los poderosos y ofrecer una vida razonablemente digna.
El modelo democrático de 2050 probablemente seguirá teniendo parlamentos, partidos y elecciones. Pero deberá ser más participativo, más transparente, más rápido para actuar y mucho más firme a la hora de impedir la concentración del poder en manos con mucha tendencia fácil a manipular y mentir. De no hacerlo, no será sustituido de golpe por dictaduras reconocibles; se irá convirtiendo lentamente en una democracia de apariencia, pero sin contenido.

