Ahora que en España las protestas por el problema de la vivienda han vuelto a ocupar calles y plazas, y que incluso han reaparecido las acampadas en lugares tan simbólicos como la Puerta del Sol —también en Zaragoza se ha instalado una acampada en la plaza de España—, quizá sea un buen momento para mirar quince años atrás. No porque estemos asistiendo necesariamente a un nuevo 15M, aunque algunas imágenes, algunos problemas y algunas preguntas resultan inevitablemente familiares.
El 15M de 2011 fue mucho más que unas tiendas de campaña instaladas en las principales plazas españolas. Fue la expresión visible de una crisis de confianza en el funcionamiento de la democracia española en plena Gran Recesión: desempleo muy elevado —especialmente entre los jóvenes—, dificultades para emanciparse, precariedad, desahucios, corrupción, rescates financieros y una creciente sensación de distancia entre ciudadanos, partidos políticos e instituciones.
Quince años después, la comparación resulta inevitable, aunque las circunstancias económicas, políticas y generacionales sean distintas. Las personas que lideran estos procesos son claramente diferentes por generación sobre todo.
El movimiento comenzó con las manifestaciones convocadas el 15 de mayo de 2011 por Democracia Real Ya y otros colectivos. Al terminar la marcha de Madrid, un pequeño grupo decidió permanecer en la Puerta del Sol. De aquella iniciativa nació Acampada Sol y, en pocos días, el fenómeno se extendió a numerosas ciudades españolas. El propio Archivo Histórico de los Movimientos Sociales del Ministerio de Cultura considera hoy el 15M uno de los fenómenos sociales más representativos de la España del siglo XXI.
Uno de sus principales efectos fue cambiar la conversación pública. Representación política, corrupción, desahucios, precariedad, participación ciudadana, poder financiero, privilegios de las élites o funcionamiento de los partidos pasaron a ocupar un espacio central en el debate político y social. Y aquello no quedó circunscrito a los jóvenes que dormían en las plazas. El 15M obligó a hablar de esos asuntos a prácticamente toda la sociedad española, estuviera de acuerdo o profundamente en desacuerdo con sus propuestas.
También contribuyó a normalizar la protesta pacífica como una forma más de participación política. Pero quizá tan importante como las reivindicaciones fue la forma de organizarse. No existía una dirección nacional, un secretario general ni una jerarquía semejante a la de los partidos tradicionales. Las decisiones se discutían en asambleas, las redes sociales adquirieron una importancia hasta entonces poco habitual y se experimentó con procedimientos de democracia directa, participación horizontal y deliberación colectiva.
Aquella forma de entender la acción política dejó huella. Parte de sus activistas, ideas y métodos reaparecieron posteriormente en nuevas formaciones políticas, candidaturas municipalistas y movimientos sociales. De aquel ciclo político terminarían surgiendo fenómenos como Podemos y, en el ámbito municipal, candidaturas como Zaragoza en Común o Barcelona en Comú. Sería simplificar demasiado afirmar que el 15M «creó» Podemos o que por sí solo acabó con el bipartidismo. No fue así. La crisis económica, la corrupción, el desgaste de los partidos tradicionales y otros muchos factores fueron también decisivos. Pero sí existió una continuidad evidente entre una parte de la movilización ciudadana iniciada en 2011 y algunas de las nuevas organizaciones que aparecieron después.
Los resultados electorales permiten observar hasta qué punto estaba cambiando el sistema político. En las elecciones generales de 2008, PP y PSOE reunieron conjuntamente cerca del 84 % de los votos. En las elecciones de diciembre de 2015 quedaron reducidos, entre ambos, a aproximadamente el 51 %, mientras Podemos y Ciudadanos entraban con fuerza en el Congreso. No todo aquello fue consecuencia del 15M, pero el mapa político español ya era muy diferente.
En el terreno social, el movimiento dejó además asambleas de barrio, redes de activistas y nuevas formas de organización. Y se encontró con movimientos que habían nacido anteriormente y que compartían algunas de sus preocupaciones.
Uno de los casos más claros fue la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Conviene recordar las fechas: la PAH había nacido en Barcelona en febrero de 2009, dos años antes del 15M. No fue, por tanto, una creación de éste. Pero a partir de 2011 las conexiones entre ambos espacios contribuyeron a aumentar enormemente la visibilidad de los desahucios y del problema de la vivienda. Hasta aquí, los logros.
Porque el 15M también tuvo límites importantes. Muchas de las grandes transformaciones institucionales debatidas en las plazas nunca llegaron a producirse. No hubo una reforma profunda del sistema electoral en los términos que reclamaban algunos sectores del movimiento, ni una transformación constitucional hacia modelos de democracia directa semejantes a los que se discutían en las asambleas. Tampoco desaparecieron los grandes partidos, la corrupción, la precariedad laboral ni, evidentemente, los problemas relacionados con el acceso a la vivienda.
Algunas de las organizaciones nacidas o fortalecidas durante aquel nuevo ciclo político también terminaron debilitándose. Ciudadanos prácticamente desapareció del escenario parlamentario nacional y Podemos perdió buena parte del peso electoral e institucional que había llegado a alcanzar. Son trayectorias diferentes y sería incorrecto atribuir ambas exclusivamente al legado del 15M, pero muestran hasta qué punto aquella transformación política tampoco fue irreversible.
El propio funcionamiento horizontal del movimiento contenía una contradicción difícil de resolver. Era posible reunir bajo grandes consignas —«Democracia real ya», «No nos representan»— a personas con sensibilidades muy distintas. Mucho más difícil era convertir aquella enorme diversidad en un programa político detallado y, posteriormente, en organizaciones capaces de competir electoralmente.
Cuando una parte de aquel espacio entró en las instituciones aparecieron inevitablemente dirigentes, estructuras internas, disciplina organizativa, estrategias electorales y decisiones centralizadas. La lógica de una asamblea en una plaza y la de un partido que pretende gobernar son muy diferentes.
También conviene evitar una cierta idealización retrospectiva del 15M. Fue un movimiento amplio y transversal en determinados aspectos, pero no representaba exactamente a toda la sociedad española. Las investigaciones posteriores encontraron entre sus participantes una presencia especialmente importante de jóvenes, población urbana, personas con niveles educativos relativamente altos, ciudadanos interesados por la política y sectores situados ideológicamente más a la izquierda que el conjunto de la población.
Quince años después, probablemente la trascendencia histórica del 15M no deba medirse únicamente por el número de leyes que consiguió modificar. Su influencia resulta mucho más evidente en otro terreno: alteró la cultura política española, incorporó a muchas personas a la participación pública, modificó el lenguaje con el que se discutía sobre democracia y representación y contribuyó a abrir un ciclo político que transformó durante varios años el sistema de partidos.
Ahí aparece inevitablemente el paralelismo con 2026. Quienes tenían 18 años durante el 15M tienen hoy 33. Quienes entonces tenían 35 han cumplido ya 50. Una parte de aquella generación que reclamaba trabajo, emancipación y vivienda en 2011 se encuentra ahora en plena edad adulta, mientras una nueva generación se enfrenta a sus propios problemas para acceder a una vivienda y construir un proyecto de vida.
Son generaciones diferentes y también lo es el contexto. No sería riguroso afirmar que las actuales movilizaciones por la vivienda son simplemente otro 15M. Pero las acampadas que estos días vuelven a aparecer en distintas ciudades españolas explican por qué la comparación resulta tan tentadora. Movilizar a miles de personas puede cambiar la conversación pública. Puede introducir problemas en la agenda política, crear organizaciones nuevas e incluso alterar durante un tiempo el sistema de partidos. Pero convertir la movilización social en reformas duraderas es bastante más difícil. El 15M de 2011 tuvo probablemente mayor trascendencia como movimiento social, cultural y político que como programa concreto de reformas llevado a las leyes. Y quince años después quedan suficientes problemas pendientes como para que aquella experiencia merezca ser recordada. También para comprender sus límites.
El 15M cambió muchas cosas, pero otras apenas las cambió. Y algunas de las preguntas que llevaron a miles de personas a las plazas en el año 2011 —la vivienda, la precariedad, la distancia con las instituciones y la capacidad real de la ciudadanía para influir en las decisiones políticas— vuelven a formularse en 2026. Eso, por sí solo, ya merece una reflexión.

